divendres, 5 de febrer de 2021

Una antologia de El liberalismo del miedo, de Judith Shklar

El liberalismo es una doctrina política, no una filosofia de la vida. (35)

El liberalismo solo tiene un objetivo primordial: garantizar las condiciones políticas necesarias para el ejercicio de la libertad individual. (36)

El liberalismo ha sido muy raro tanto en la teoría como en la práctica. (37)

Sus orígenes se encuentran en la terrible tensión sufrida en el seno del cristianismo entre las demandas de la ortodoxia de credo y las de la caridad, entre la fe y la moral. (39)

(Unos) recalaron en una moral que consideraba que la tolerancia era una manifestación de la caridad cristiana [...] (otros) se convirtieron en unos escépticos que sitúan la crueldad y el fanatismo a la cabeza de los vicios humanos, Montaigne. (40)

El fundamento más profundo del liberalismo está en su sitio desde el principio en la convicción de los primeros defensores de la tolerancia, nacida del espanto, de que la crueldad es un mal absoluto, una ofensa contra Dios o contra la humanidad. (41)

La modestia intelectual no supone que el liberalismo del miedo no tenga contenido, tan solo que es un contenido absolutamente no utópico. (48) 

Ninguno de estos dos santos patrones del liberalismo [John Locke -liberalismo de los derechos naturales- y John Stuart Mill -liberalismo del desarrollo personal-] tenía una memoria histórica excesivamente desarrollada; y es sobre esta facultad de la mente humana sobre la que más se apoya el liberalismo del miedo. (51)

Para este liberalismo, las unidades básicas  de la vida política no son las personas discursivas y reflexivas, ni los amigos y los enemigos, ni los ciudadanos soldados patrióticos, ni los litigantes enérgicos, sino los débiles y los poderosos. (52)

La presuposición ampliamente justificada por todas y cada una de las páginas de la historia política es que, a menos que se les impida hacerlo, la mayoría de las veces algunos organismos del gobierno se comportan en mayor o menor medida de manera ilícita y brutal. (53)

El liberalismo del  miedo no descansa en realidad sobre una teoría del pluralismo moral [contra Berlin]. No ofrece, sin duda, un summum bonum por el que todos los agentes políticos deberían luchar, sino que comienza ciertamente por un summum malum que todos nosotros conocemos y deberíamos evitar, si pudiéramos. Ese mal es la crueldad y el miedo que despierta, así como el miedo al miedo mismo. (55)

El liberalismo del miedo no sueña con el final del gobierno público coercitivo. El miedo que pretende impedir es el que generan la arbitrariedad, los actos inesperados, innecesarios y no autorizados de la fuerza y los actos de crueldad y torura habituales y generalizados llevados a cabo por los agentes militares, paramilitares y policiales de cualquier régimen. (56)

La única excepción a la regla de la evitación es la prevención de crueldades mayores. (58)

[contra els relativistes culturals] A menos que podamos ofrecer a las víctimas heridas o insultadas de la mayoría de los gobiernos del mundo, tanto tradicionales como revolucionarios, una alternativa genuina y viable a su situación actual, y hasta que seamos capaces de hacerlo, no tenemos forma de saber si realmente disfrutan de sus cadenas. (68)

Una parte demasiado importante de la experiencia política pasada y presente queda desatendida cuando ignoramos los informes anuales de Amnistía Internacional y de la guerra contemporánea. [...] Puede ser una repulsiva paradoja que el éxito mismo del liberalismo en algunos países haya atrofiado la empatía política de sus ciudadanos. Ese parece ser uno de los costes de dar por supuesta la libertad, pero podría no ser el único. (73)

Debemos desconfiar de las ideologías de la solidaridad, precisamente por lo atractivas que son para aquellos para quienes el liberalismo resulta emocionalmente satisfactorio y que en nuestro siglo han continuado creando regímenes opresivos y crueles de un espanto sin parangón. (74)

El primer principio original del liberalismo, el gobierno de la ley, sigue absolutamente intacto y no es una doctrina anarquista. (75)

Sin unos procedimientos bien definidos, unos jueces honrados y oportunidades de recibir asistencia letrada y de poder recurrir, nadie tiene ninguna posibilidad. Tampoco deberíamos permitir que se criminalizaran más actos de los necesarios para nuestra seguridad. Por último [...] esfuerzos legales para compensar a las víctimas de los delitos, en lugar de limitarse a castigar al delincuente.  [...] ver los derechos como esas licencias y capacidades con las que los ciudadanos deben contar para preservar su libertad y protegerse frente a los abusos. (76)

El liberalismo está casado monogámica, fiel y permanentemente con la democracia; pero es un matrimonio de conveniencia. (77)

Si parece que hablo como Cesare Beccaria, o como algún refugiado venido del siglo XVIII, puede ser perfectamente porque haya leído el tipo de informes que ellos leyeron sobre la forma de actuar de los gobiernos. Bastan las noticias internacionales que publica The New York Times, como también sus relatos de la prevalencia del racismo, la xenofobia y la brutalidad sistemática de los gobiernos, aquí y en todas partes.  (78)

El liberalismo del miedo. Editorial Herder, Barcelona, 2018.


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